Bartolomé Masó Márquez: otro padre de la patria.

Resumen: Una visión humana y patriótica de Bartolomé Masó hasta el 19 de mayo de 1895.


Por: Delio G. Orozco González.

Que la naturaleza la haya negado a Bartolomé de Jesús Masó Márquez la capacidad de engendrar y procrear  la especie, no es razón para silenciarle al ilustre varón el título de Padre, en tanto no es la paternidad biológica, por lo menos en la especie humana, la más respetada y admirada; sino, la espiritual, y en ese sentido el patricio manzanillero, nacido en Yara en 1830, se yergue como uno de los más distinguidos.

Con toda razón la historia ha encumbrado a Carlos Manuel de Céspedes con el honroso título de Padre de la Patria, más, no fue el gesto numantino de inmolar a su hijo antes que renunciar a la brega patriótica lo que lo colocó, con toda justicia, en tan admirable condición; sino, el haber parteado una nación y en gesto fundador, reconocer el papel del negro en el proceso formativo de la nacionalidad cubana al darle la libertad a sus esclavos e invitarlos a pelear por la emancipación nacional.

Creo que por omisión y no mala fe, los historiadores, no la historia, hablan del acto de redención de los esclavos en La Demajagua como acción única del bayamés; sin embargo, omiten el hecho de que todos los hacendados, dueños de esclavos que aquel día lo acompañaban, le imitaron ipso facto, y Masó era uno de ellos; así, al igual que el ilustre Carlos Manuel, Bartolomé comenzaba a asumir la paternidad de la nación por cuanto también había jurado solemnemente “vencer o morir antes que volver a ver hollado el suelo de la Patria por ninguna de las tiranías”.

Desde antes del instante épico de aquel 10 de octubre, ya la vocación patriótica de Masó era un hecho por los españoles constatado, y prueba de ello es la desaprobación oficial para desempeñar el cargo de regidor para el cual había sido elegido en 1860 junto a Céspedes y Joaquín Oro, pues las autoridades manzanilleras los tenían calificados de filibusteros.

Y aunque en la reunión celebrada el en Ranchón el día 3 octubre resultó partidario de aplazar el movimiento revolucionario con el objeto de allegar recursos, no fue necesario llamarlo dos veces cuando el bronce épico del ingenio La Demajagua tocó arrebato por la independencia Patria; no en balde, tan pronto como el naciente Ejército Libertador hizo su primer rancho de campaña en Palmas Altas, lugar donde otrora se fundara la segunda villa de Cuba (San Salvador) y se quemara en bárbaro escarmiento a Hatuey, Masó fue nombrado General Segundo Jefe del Ejército, cargo aceptado condicionalmente por él hasta el momento en que otro patriota con algunos conocimientos militares lo sustituyera.

La guerra grande resultó crisol de cubanía, pero el Zanjón demostró que a la fragua le faltaba brasa. Los diez años de liza contemplaron a Masó en diversos empeños, ya civiles, ya militares, y el destino, indomeñado como siempre, le jugó más de una mala pasada. El 13 de octubre del 68 entregó la segunda jefatura militar a Luis Marcano, pasando entonces a ser Intendente de Hacienda hasta que en marzo de 1870, creyéndole muerto, se le sustituyó. Su esposa (Adela López Vila) también le creyó fenecido y, sin muchas averiguaciones -no era Penélope-, casó con otro hombre; esta afrenta, imposible de remediar pues el código civil español no contemplaba la disolución matrimonial, dio pie a un hermoso amor, puesto que la relación surgida entre Francisca (Panchita) Rosales y Bartolomé Masó devino acto de patriotismo y fidelidad indiscutida que ni la muerte derrotó, pues después de ido definitivamente el General, Panchita no unió sus destinos a ningún otro hombre y se dedicó a vivir 45 años de soledad hasta que en 1952 la muerte nuevamente los unió.

A la guerra fue Masó con sus hermanos -Rafael e Isaías-, y la muerte dio cuenta de ellos. En 1872 era ya coronel, y su vocación por la justicia y disciplina tuvo posibilidad de ejercitarse primero en la Cámara de Representantes, luego en Lagunas de Varona. En febrero de 1874 resultó electo Diputado por Oriente, pero no tomó posesión de su cargo hasta enero del siguiente año por hallarse lejos de la cámara primero y después por estar esta en receso. Su entrada al cuerpo de poder revolucionario estuvo antecedido por un discurso en el cual, si bien combatió toda “tendencia reformista, desordenada o fuera de las vías legales”, levantó ronchas pues se manifestó -ante los mismos que habían depuesto a Céspedes-, deplorando los sucesos que condujeron a la muerte del bayamés, y criticó, por exiguos, los votos que se necesitaban para deponer al presidente e indicó que el puesto de “[…] Diputado no debía ser vitalicio como estaba sucediendo, pues que una representación como todas las representaciones debían tener un término como lo tenía la 1ª Magistratura de la República”.

Estos criterios expuesto por Masó le valieron la oposición de Manuel Sanguily en el ente legislativo y la injusta acusación de querer “remover al presidente Cisneros” y “a los miembros de la Cámara”. Para ello, se decía, se valdría del Club Guá, organización surgida en Manzanillo y dirigida por él, cuyas intenciones tenían el mismo espíritu de las reuniones que había sostenido Luis Figueredo en la finca El Mijial; sin embargo, la actitud de Masó ante la sedición de Lagunas echó por tierra cualquier imputación y puso de manifiesto el apego del manzanillero a la Ley y a la disciplina.

En abril de 1875, la Cámara comisionó a Masó con el objeto de conocer e informarse sobre lo que acontecía en Lagunas de Varona; mientras el presidente Cisneros se presentó en el lugar de los hechos acompañado solamente del Vicesecretario de la guerra y su ayudante. En el lugar del pronunciamiento Masó comprobó, indignado, la manera inadecuada de solicitar reformas políticas y cuando Vicente García le dijo que se marchaba a otro lugar, dejándolo a él, a Cisneros y los otros dos acompañantes a merced del enemigo contestó: “[…] pues yo tomaré un fusil y al lado del Presidente de la República sabré cumplir con mi deber”. De retorno al seno de la Cámara relató lo acaecido y resueltamente pidió su dimisión, pues como él decía: “[…] no debía representar a un pueblo insurreccionado”.

A partir de este momento todos los destinos ocupados por Bartolomé Masó fueron militares, y el 20 de octubre de 1877 el general Modesto Díaz remitía al Gobierno su Hoja de Servicios para el ascenso a Brigadier.

El 10 de febrero de 1878 se transaba, y no a favor de Cuba, la Guerra Grande. Masó no estuvo en el Zanjón, tampoco en Baraguá -no aceptó la invitación de Maceo-; a pesar de ello, el no asistir a la Protesta no puede ser, en modo alguno, rasero para enjuiciar su vida y pensamiento, puesto que los hombres como los pueblos no se miden por sus horas de sumisión, sino, por sus instantes de rebeldía; tanto es así, que al estallar la Guerra Chiquita y producto de una celada tendida por las autoridades locales, resultó detenido y deportado a España, sufriendo prisión en Melilla y Ceuta por el solo hecho de haber sido destacado hacedor de la Guerra de los Diez Años.

De vuelta a Cuba -Manzanillo específicamente- dedícase a restablecer su hacienda y todo intento por otorgarle la dirección del Partido Autonomista en la localidad es rechazado una y otra vez, mientras los ecos patrióticos tienen en él resonancia de clarinada; por ello, en plena efervescencia del Plan Gómez-Maceo, escribe a este último y le cuenta de cartas de José y Flor donde le hablan de la marcha satisfactoria de “nuestra empresa revolucionaria”. Luego del fracaso del Plan, los vínculos con el santiaguero no se perdieron. Cuando en julio de 1890 el Titán iba de La Habana hacia Santiago, y el barco hizo escala en Manzanillo, Maceo quiso visitar la ciudad, los predios en los cuales había estado cuando atacó la plaza; pero, más importante que todo: hablar con con Masó; éste, buscado en su finca la Jagüita, oyó, calmado y comprometido, los pormenores de la próxima intentona revolucionaria que, pergeñada por Maceo debía estallar a fines de año, la cual, abortada con la expulsión de Cuba de su preparador, ingresó a los anales de la historiografía cubana con el nombre de la Paz del Manganeso. Y tan cierto resultó el compromiso del manzanillero en esta ocasión que el día 5 de agosto, al celebrarse en casa del patriota santiaguero Urbano Sánchez  Echavarría la reunión para ultimar los detalles del alzamiento que debía producirse el 8 de septiembre, allí estuvo, en representación de Masó y sus coterráneos, el delegado de Manzanillo.

La genialidad martiana de crear una organización para preparar y desatar la guerra tuvo en el oriente de la isla -de manera especial en Manzanillo-, una figura indiscutida: Bartolomé Masó. Eficientísimo fue su esfuerzo, preciso el modo, distintivo el proceder en la preparación de la campaña, y todo, con gozo indisimulado, reconocido por Martí en el verano de 1894. El 25 de junio del mismo año escribe el Apóstol a Máximo Gómez: “Y de Manzanillo tuve especiales informes […] En Calicito está Bartolomé Masó y dicen que aquello es un sigiloso hervidero […]”, terminando la misiva con la aseveración de que: “Creo muy de veras llegada nuestra hora”. Ese mismo día -en hora de la madrugada-, culmina dos cartas, una para Maceo, otra para Flor; en la primera, después de describir el hacer de los patriotas acota al final de un primer párrafo: “Es la situación felizmente madura para lo que enseguida vamos a crear”, cerrando sus apreciaciones en otro bloque de palabras del modo siguiente: “Pero yo, que no uso vendas, gozaba -a pesar de mi cautela-, en ver las muestras fervientes de la preparación absoluta de toda aquella comarca”; en  la epístola, brevísima, dirigida a Flor le dice “[…] -y excelentes y seguras-, pero admirables noticias de oriente, principalmente de Manzanillo.

El 24 de febrero de 1895, por propia vocación, los cubanos van de nuevo a la gloria y al cadalso y los manzanilleros, con Masó a la cabeza en Bayate, gritaron al instante: Independencia o Muerte. Estéril sería de tratar de determinar lugares o prominencias a los distintos alzamientos, por cuanto la Patria -en sus hijos representada- estuvo de fiesta (y no porque fuera día de carnaval), en La Confianza, El Cobre, La Lombriz, Baire, Barranca, Holguín, Ibarra, Sagua y otros. Si algún mérito tuvieron los hombres de Bayate no fue precisamente estar en zafarrancho de combate desde el día 22, sino, la entereza del hombre que los condujo y el absoluto respeto a las ideas promulgadas por el PRC, en tanto, las dos proclamas hechas por Masó ese día, una a los cubanos, otra a los españoles, abogaban por la independencia absoluta y la guerra contra el dominio español, no contra el español. Pero si digno de encomio es Bartolomé Masó por alzarse en armas dejando tras de sí fortuna, vida muelle y enfrentando padecimientos y edad (tenía 65 años, una dolencia hepática que en ocasiones le impedía montar a caballo, y una fortuna de 50 000 pesos oro con más de 120 caballerías), lo es más por rechazar, con decoro acerado, propuestas que no llevaban por presupuesto la independencia de Cuba. En la finca La Odiosa, el 6 de marzo de 1895, rehusó las peticiones de Herminio Leyva -delegado de la Junta Central Autonomista-, dando por terminada la entrevista con esta afirmación categórica: “[…] con la dignidad nos basta”; al día siguiente repele, con igual energía, las peticiones del expresidente Juan Bautista Sportorno; quien, gracias a la hidalguía del hombre que tenía enfrente, no sintió el peso del decreto firmado por el mismo (Decreto Sportorno), y que en la Guerra Grande le había costado la vida a Esteban Varona.

Entre las grandes preocupaciones traídas por Martí a Cuba está la de conformar el gobierno que daría forma política al empeño emancipador, también raíz y ala a la república. Todavía resonaban en los oídos martianos los informes de junio del 94 sobre la preparación de la contienda en la comarca manzanillera; a ello se unía, ahora, el conocimiento del “patriotismo inflexible” con que el general Masó había fijado “el carácter de la guerra” y la petición casi urgente de crear gobierno hecho por el general al Maestro en carta leída de seguro más de una vez y que debió haber recibido este último en Santo Domingo; por todo ello, y teniendo en cuenta que al llegar a la jurisdicción manzanillera ya el Apóstol hubiera podido haber conversado y convencido sobre la manera óptima de levantar gobierno -equilibrando ejército y país-, escribe a Félix Ruenes, jefe baracoense, el 26 de abril diciéndole que envíe “[…] enseguida a Manzanillo, a donde a la fecha se halle el general Bartolomé Masó, el representante que los cubanos revolucionarios de Baracoa envíen a la Asamblea de Delegados que allí se reunirá […]”; sin embargo, el encontronazo con Maceo en La Mejorana le hará a Martí variar de planes, quiere seguir entonces al Camagüey en busca del espaldarazo del Marqués para su esfuerzo político, puesto que el Titán cree innecesario, ahora, la conformación del gobierno; no obstante, para Martí, ver y hablar con Masó es “[…] justicia, utilidad pública, satisfacción de afecto […]” porque en él ve “[…] enteras las abnegación y la república de nuestros primeros padres”, “y la energía moral que cerró el paso a las debilidades, y al impúdico consejo […]”

Por su parte, Bartolomé Masó deseaba también encontrarse con su “[…] distinguido compatriota y amigo”, y el 16 de mayo, sobre su caballo, en breve y sentida nota le confiesa: “[…] tendré el gusto de abrazarlo con toda la efusión de mi alma”. El 18 de mayo, en hora de la noche, llega Masó a La Bija, y allí, a la luz de un candil, hablan dos padres. Departen sobre la guerra, el modo de hacerla más rápida, de Cuba Libre, -la hija que ambos buscan concebir. Y el 19 de mayo, después de escuchar estremecido el discurso tal vez más divino de la historia de Cuba y abrazar con lágrimas en los ojos a José Martí, Masó acompaña a su amigo al combate.

Bibliografía:

1.-Cartaya López, Gabriel. El Gobierno  Revolucionario en el desvelo de campaña de José Martí. Inédito.

2.-Figueredo, Fernando. La Revolución de Yara. Instituto del Libro, La Habana, 1969.

3.- Gandarilla, Julio César. Contra el Yanqui. Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Ca., La Habana, 1913.

4.-Martí, José. Epistolario. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993.

5.-Pérez Landa, Rufino. Bartolomé Masó Márquez. Estudio biográfico documentado. Academia de la Historia, La Habana, 1947.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *