Cambiar o no cambiar: esa es la cuestión I

Resumen: A no dudarlo, el movimiento es vida, la rigidez es muerte.

Por: Delio G. Orozco González.

Una observación. El proceso escritural de estas líneas ha tenido el privilegio de asistir a dos importantes acontecimientos ocurridos en la Mayor de Las Antillas durante el 2016: la visita de Barack Obama y el VII Congreso del PCC, también a las expectativas, estados de ánimos y circunstancias que precedieron y sucedieron ambos momentos. Su bullir en mis entrañas datan desde mucho antes de la llegada del presidente norteamericano -noviembre del 2015-; empero, la visita de este, lo acontecido en esos días y subsiguientes, luego, el discurso del presidente Raúl Castro y lo discutido en el cónclave de los comunistas cubanos, permitieron darle el impulso final. Fin de la observación.

I

Ásperas y hasta subversivas para unos, equilibradas e inaplazables para otros, estas ideas brotan a los labios del mismo modo en que el alma las anima: honradas, resultan además -no podían ser de otra forma-, leales a una tierra que es para muchos todavía agonía y deber porque se viene al mundo no para obedecer; sino, para vencer y servir, de manera preferencial, en el sitio que Dios nos reservó por cuna. Es cierto, “la palabra es fofa y el brazo membrudo”, acotó José Martí; pero también aseveraba que “decir es un modo de hacer” porque cuando el verbo entusiasma, alienta, levanta ante los flojos el ejemplo, señala la mácula, sugiere el remedio y cual heraldo ayuda a prever y evitar el alud antes de que sea incontenible, entonces la palabra es tan sólida como el acero porque entre los hombres es natural matar por dinero, pero solo morir por ideales. He aquí pues, un manojo de pensamientos bruñidos por la experiencia, activo no solo intransferible, sino, alegato poderoso e irrecusable que cual saeta hiriente y con enorme carga pedagógica va conformando la condición humana en tanto deviene resultado creciente de un pasado vivenciado y compartido que se vuelca sobre el presente y no deja margen a segundas lecturas a no ser que quien los reciba sea cínico, oportunista, hedonista o los tres al mismo tiempo.

La complejidad del hombre como ser biológico y pensante va a marcar cual hierro candente toda construcción social; o sea, la sociedad tiene que ser capaz desde la producción, la distribución, el acceso y el consumo, generar los bienes materiales que aseguren sus necesidades básicas en correspondencia con el tiempo que le toca vivir porque sin la satisfacción de tales aspiraciones la vida -tal como la conocemos-, sería impensable; por otro lado y en paralelo, complementando y a veces catalizando la condición divina y terrible del homo sapiens: las ideas, la imaginación, la fantasía, la razón y la conciencia, segmento este que nos hace ¿superiores?. No hay margen a dudas o vacilaciones: la historia de la evolución humana ha confirmado el papel esencial de las relaciones económicas y la producción de bienes para satisfacer la vida, «se piensa como se vive» y un cubano de tanta ala -apenas tenía hocico, por ello parecía no ser de este mundo-, acotaba que “[…] en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”; sin embargo, la conciencia, demiúrgica capacidad del hombre, suele muchas veces, más de las que creemos, ser determinante en sus actos y ataviada de un sinnúmero de sustantivos influye positiva o negativamente sobre las actitudes y decisiones de quienes gozan de ella. Y tanto es así que Albert Camus decía que entre justicia y libertad prefería esta última porque la misma le daba la posibilidad de protestar; podemos estar o no de acuerdo con su idea, pero jamás indiferentes; estremecernos ante tal postulado nos convence del poder de la razón como cualidad que nos hace superiores a otros integrantes del reino animal, ya para bien, ya para mal.

La mortal batalla sistémica entre capitalismo y socialismo, liza que para desgracia de la especie humana ha ido ganando «round a round» el muchacho que según Marx llegó “chorreando lodo y sangre por todos lados” es, al día de hoy, un maremágnum ideológico donde armas de todo tipo hacen casi imposible determinar dónde está la punta del ovillo; empero, más grave que la evidente confusión actual resulta, sin duda alguna y para una de las metas de este ejercicio de pensamiento, la labor que «contra sí» realizan algunos de los que en Cuba dicen estar o en verdad están ubicados a la izquierda del punto de referencia; porque es asombrosa la efectividad con que sus razones o sin razones quiebran la fe, debilitan el espíritu público, incitan al abandono y a veces hasta la denostación casi irracional de las estructuras que para el gobierno se ha dado el país; y es que ante los desatinos, los abusos del poder, la falta de sentido común, el desinterés y morosidad por la resolución de las angustias ajenas, el cumplimiento de normas que más que ordenar ahogan y la mala voluntad ejercida contra aquellos que las estructuras de poder -en ocasiones y sin justas razones-, etiquetan de «problemáticos», no se presentan funcionarios, políticos o gobernantes estadounidenses; o sea, los representantes estándares de los adversarios históricos de la Revolución; sino, cuadros del estado cubano y miembros del Partido Comunista, en esencia, conductores del estado socialista que junto a nosotros viven y conviven; pero, no del mismo modo porque su estatus y posición es diferente al de la mayoría. Si en virtud de instrucción, educación familiar, convicciones e información muchos resisten y se niegan a la abdicación a pesar del asedio diario de las penurias, la labor eficientísima de la burocracia y el largo brazo del conservadurismo se fusionan en dueto mortal para estrangular el libre pensamiento, cerrar paso al talento y la inventiva, quebrar la iniciativa creadora y poner techo al servicio; por tanto, el alerta que en el artículo «Patriotismo» hiciera 197 años atrás Félix Varela, tiene hoy vigencia absoluta porque no todos poseen la fuerza o la fe necesaria para resistir, cuando menos, la indiferencia:

La injusticia con que un celo patriótico indiscreto califica de perversas las intenciones de todos los que piensan de distinto modo, es causa de que muchos se conviertan en verdaderos enemigos de la patria. El patriotismo cuando no está unido a la fortaleza (como por desgracia sucede frecuentemente) se da por agraviado, y a veces vacila a vista de la ingratitud. Frustrada la justa esperanza del aprecio público, la memoria de los sacrificios hechos para obtenerlo, la idea del ultraje por recompensa al mérito, en una palabra un cúmulo de pensamientos desoladores se agolpan en la mente, y atormentándola sin cesar llegan muchas veces a pervertirla. Véase, pues, cuál es el resultado de la imprudencia de algunos y la malicia de muchos, en avanzar ideas poco favorables sobre el mérito de los que tienen contraria opinión. Cuando ésta no se opone a lo esencial de una causa ¿por qué se ha de suponer que proviene de una intención depravada?

En este momento definitorio para la trascendencia o no de la Revolución cubana como sistema socio-económico y político (la vida de los hacedores va llegando a su final y Estados Unidos cambia las reglas del juego), es preciso maximizar el postulado del Conde Romanones de sumar todo lo que se pueda para evitar que Saturno siga engullendo a sus hijos y ello por una sencilla razón: lo que nos divide, nos mata; además, como dice Frei Betto en un texto revelador sobre el cual se ha de volver más adelante: “[…] cuando no hay claridad sobre quiénes son nuestros adversarios, corremos el riesgo de portarnos como ellos”, entonces tratamos a los aliados como enemigos por el mero hecho de pensar diferente y olvidamos que la unidad de fines no comporta la sumisión de la opinión.

Resulta cuando menos incoherente el hecho de pretender la unidad donde el reconocimiento y ejercicio de la diversidad sea solo dable a una comunidad, por ejemplo: la LGTBI (Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales); pues, la sociedad se compone de otros sectores cuya identidad, deseos y necesidades -hasta el momento-, no están a la par de aquellos que ahora proclaman con orgullo su militancia sexual. Claro, el estado alcanzando, justo además, se debe al hecho de encarnar en la hija del Presidente de la República la liza por el derecho a expresar libremente la sexualidad como prerrogativa inalienable del individuo; pero, en tal fortaleza radica su debilidad porque adolece del mismo handicap que ha signado, como generalidad, la práctica política cubana de los últimos años: una concreción basada en la autoridad histórica, carisma y liderazgo político de un individuo, de modo que al desaparecer tal condición -nada es eterno, solo al cambio le cabe tal cualidad-, se viene abajo lo alcanzado por el grupo o sector; el cual, en el caso de la comunidad LGTBI, tendría que lidiar no solo contra el desamparo jurídico; sino, una cultura androgénica, heterosexual y machista. De aquí el corolario de que no solo para este sector; sino, para toda la sociedad, las modificaciones y adecuaciones al corpus social deben quedar estampadas en la Ley de Leyes -si así se decide después de consulta y debate participativo, no representativo- y no solamente como garantía jurídica de derechos; también, para evitar por reacción que al desbordarse anhelos insatisfechos se intente inhumar el proyecto social o cuando menos, un texto constitucional, urgido de adecuaciones y mejoras no cabe duda, pero no condenado a desaparecer porque ha servido de norma legal al proceso menos dañino vivido por Cuba hasta el día de hoy. El alerta martiano de no abandonar por descuido lo que luego habrá de reconquistarse a gran costa obliga a actuar sin más dilación porque tiempo no sobra -a pesar de la necesaria cautela que imponen cambios de tal magnitud-, a saber: “Las oportunidades pasan para los pueblos, como para los hombres”.

Debemos asumir con naturalidad y sin tremendismos que la Cuba del 2016 no es la misma de los exultantes 60 o los dramáticos años 90, mucho ha cambiado la estructura social y con ello la psicología ciudadana. El cansancio de unos y la desmotivación en otros producto de angustias existenciales -autogeneradas unas, impuestas desde fuera otras-, incongruencias entre discurso y práctica política vernácula, búsqueda de nuevos horizontes y resortes emotivos (que no solo los que viven en el capitalismo se hastían de la rutina), inefectivo trabajo ideológico en la base y pérdida referencial para la comparación -sobre todo en los más jóvenes-, obligan a replantearse la toma de decisiones gubernativas, el empleo de los medios y el uso de mecanismos de movilización con mayor alcance, penetración y cohesión social. La conversación en los puntos de acceso inalámbrico es la prueba palpable de los temores, angustias, insatisfacciones, demandas, dudas, anhelos, exigencias, reproches y reclamos que invaden a los cubanos de ambas orillas. Por ejemplo, por qué no realizar jornadas cívico patrióticas donde los elementos de movilización no sean solo políticos y estos conjuguen celebraciones religiosas, tan ligadas al sentimiento y la identidad cubana; por qué privilegiar y desatar en las campañas publicitarias y de recordación -de manera preferencial-, hechos y personalidades vinculadas con el proceso revolucionario actual y no también los de otros períodos históricos (Increíble ver un camposanto, donde reposan los restos de tres presidentes de la República en Armas, como sus sepulturas no tienen banderas cubanas y la tumba de uno de ellos parece un vulgar cajón de concreto); por qué no emplear, como elementos de movilización ciudadana y autoreconocimiento colectivo, los símbolos y atributos de las ciudades y poblaciones, entiéndase escudos, banderas, himnos, tradiciones y otros elementos comunes a los pobladores de un mismo espacio geográfico los cuales, por tal condición, comparten una misma cualidad identitaria; por qué concentrar los experimentos, inversiones e ideas de progreso en las grandes ciudades, preterir la autonomía de los municipios -estructuras mayoritarias en el trazado geopolítico del país-, y maniatar sus posibilidades de crecimiento dando como resultado el crecimiento aritmético de la emigración; la cual, al no tener medidas efectivas de contención -las prohibiciones no resuelven el problema, lo acrecientan-, convierten estos sitios en expresión inmejorable de discriminación espacial. Mientras el poder siga en manos de un estado centralizado con dificultades para aceptar interpelaciones desde la base y la creación de ejes horizontales a través de prácticas autogestionadas y participativas como en la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde la población participa en la definición del presupuesto abriendo puertas y ventanas a la gestión pública de la gente, «ciudadanizando» el espacio público, generando mecanismos de control, reduciendo las posibilidades de corrupción y teniendo en cuenta las prioridades reales de los habitantes de la ciudad, la espiral del agotamiento ciudadano seguirá en aumento. ¿Por qué no se aplica, por ejemplo, la experiencia del alcalde comunista manzanillero Francisco Rosales Benítez de poner en una pizarra pública los gastos e ingresos del ayuntamiento cuando fue alcalde entre 1940 y 1944? La transparencia administrativa ofrece un beneficio dual: aumenta la fe en el gobierno y dificulta la corrupción; el secreto gubernativo, por el contrario, genera desconfianza y estimula el peculado. No por casualidad el físico alemán Werner Heisenberg dijo que “[…] el valor de una política no se reconoce en sus propósitos, sino en sus medios”.

El papel de vigilante, veedor, guardián y soldado de la cosa pública que debe desempeñar la prensa en Cuba es todavía tema de encontradas opiniones y variados sentimientos. Cierto, desde hace algún tiempo los rotativos de alcance nacional han dejado de mostrar un país menos idílico y más real; empero, en los segmentos llamados de la Cuba profunda la situación es distinta; pues, las estructuras de poder -gerentes de los medios-, aún se las ingenian para coartar aquella noticia, comentario o reportaje que pueda comprometer su imagen o desempeño. Es más, se le tiene tanta reserva a los medios que las concreciones sociales a veces no son difundidas en la medida que estas merecen; pues, “Por qué no se ha de decir lo bueno, sobre todo después de haber enumerado […] lo malo”; eso sí, ha de hacerse con poética, porque si la Historia demuestra, la Literatura convence. La velocidad a la que avanza la tecnología -entiéndase el uso de las redes informáticas-, sus beneficios y la fascinación que estas producen sobre las personas, es casi proporcional a la reticencia conque los decisores, bajo el argumento de que pueden producir más daño o «ruido» que provecho, demoran la expansión y empleo de las mismas; pues bien, esta actitud no hace más que generar un sentimiento de rechazo hacia los ralentizadores (que no es otro que el estado), e incitan a los ciudadanos a buscar alternativas, dando el poco y caro acceso la obtención de productos mediáticos de dudosa calidad artística o conceptual. Es ingenuo creer que los conectados al “wifi” gastarán los 2.00 CUC que dura la hora de conexión para localizar temas históricos y culturales; eso sí, emplearán su tiempo en hablar con familiares y amigos, tratarán de resolver necesidades perentorias, buscarán como hacer un negocio, localizar una media naranja (extranjera preferentemente) u organizar la salida del país. La ampliación y el abaratamiento del acceso (la navegación nacional, por ejemplo, podría ser gratuita) haría cambiar el panorama; mientras la restricción a sitios pornográficos, xenófobos y extremistas se legitimaría con la obligación estatal de proteger la moral, las buenas costumbres y el respeto al otro bajo la distinción conceptual de que una cosa es libertad y otra libertinaje; no obstante, imposible dejar de recordar una frase de Jacinto Benavente: “Cuando el corazón está limpio, no hay lectura peligrosa”.

Nadie, con una cuota de inteligencia media, puede pretender la reconversión de los medios en ariete o dinamita del sistema que la alienta, a no ser que este se comporte como estado fallido (la antigua URSS por ejemplo); empero, una cosa es execrar hasta el hueso, desconocer, tergiversar o mentir y otra, ver constantemente la paja en el ojo ajeno para evitar la introspectiva crítica, edulcorar la realidad, justificar y no explicar; también presionar o invisibilizar en los medios a los que sirven al país en tanto no resultan portadores del discurso oficial. Solo una prensa reactiva ante indicaciones superiores, pudo abandonar al presidente Raúl Castro frente a la pregunta de la periodista norteamericana Andrea en relación con los presos políticos cubanos; ¿por qué ningún periodista insular emplazó a Obama y le preguntó al menos por López Rivera, el borinqueño que lleva 30 años en cárceles norteamericanas por pelear en favor de la independencia de Puerto Rico? El artículo que días después en un rotativo nacional denunciaba la existencia de presos políticos en los Estados Unidos careció de efecto mediático. Atilio Borón, a quien hasta el momento no puede acusarse de ideólogo neoliberal o estratega capitalista, en la primera parte del artículo “¿Estancamiento, Retroceso, Involución?”, señala algunas de las grietas por las cuales se ha ido colando la ola contra popular en América Latina; la cual, ha dado como resultado el ascenso del «Macrismo» en Argentina, el copo de la Asamblea Nacional por parte de la oposición antichavista en Venezuela, la negativa a la prórroga de poderes en Bolivia y últimamente el juicio político a Dilma Rouseff en Brasil. Entre las varias causales dice el sociólogo, analista político e investigador argentino:

No sería exagerado aventurar que en este terreno el error principal […] fue carecer de una correcta política de comunicaciones; no haber comprendido los gobiernos populares que la comunicación política es un arte y una ciencia, que fue cultivada con esmero por la derecha bajo la asesoría de sus mentores norteamericanos y que nuestras respuestas fueron meramente instintivas, intuitivas, amateurs en más de un sentido. No supimos contrarrestar esa ofensiva, ni en los medios ni en las redes sociales. Estas últimas, sobre todo, podrían haber sido aprovechadas de modo mucho más eficaz para nuestra causa y no lo fueron.

Y continua diciendo el profesor Borón:

La prensa oficialista, u oficiosa, prestó un inestimable servicio a la derecha al presentar imágenes idílicas de la realidad, aumentando de ese modo el repudio de amplios sectores sociales al gobierno que, según los medios hegemónicos, «mentía» al pueblo. Por ejemplo, sostener que la inflación anual era de un dígito cuando el mismo gobierno homologaba convenios colectivos de los trabajadores con aumentos del 28 o el 30 por ciento; o admitiendo que el nivel de pobreza de la Argentina era equivalente al de Alemania, lo cual provocó no sólo el rechazo sino el enojo de los sectores populares que sentían que estaban siendo objeto de burlas por parte del gobierno nacional. Lo único que se logró con esa actitud fue que la sociedad perdiera totalmente confianza en lo que decía el gobierno.

Las rutas del acierto en todo gobierno pasan por la comprensión a priori de que la falibilidad es consustancial a toda determinación humana y esta, en el caso de los estados modernos, debe y puede ser enmendada con la participación activa de aquellos sobre los cuales se ejerce el acto gubernativo, a fin de cuentas, fueron ellos quienes delegaron su poder en otros porque estimaron podrían conducir sus destinos. Una forma eficaz de empoderar al soberano, corregir las desviaciones, alertar o denunciar los yerros públicos recae en la prensa porque como apuntaba Martí: “No existe gobierno invulnerable; la prensa debe ser el examen y la censura, nunca el odio ni la ira que no dejan espacio a la libre emisión de las ideas” y esta práctica debiera permear -en toda la geografía insular- la prensa cubana, porque resulta insostenible aplaudir la obra y labor de Wikileaks y no actuar como ellos. No obstante, la impunidad disfrutada durante tanto tiempo por la casta funcionarial y burocrática estatal, abroquelada con oportunistas y falaces argumentos ante la crítica social, ha puesto de manifiesto que no basta con denunciar, pronunciarse o criticar, hace falta seguimiento periodístico para evitar la consunción de la débil apertura mediática de la isla; en tanto, esta no tiene capacidad resolutiva o jurisdicción legal, solo puede llamar la atención sobre problemas y situaciones que -a la sombra del poder o el silencio- lastimaron y mataron la fe y hoy resultan, en algunos casos, ignoradas por sus comisores quienes a veces ni se dignan a dar una justificación. La creación de la figura del Defensor del Pueblo como entidad de poder a la usanza del ejecutivo, el jurídico o el legislativo; o sea, independiente y la misión de atender la población y capacidad legal de tramitar los problemas ventilados en la prensa, puede resultar de notable utilidad y devenir alternativa para un control popular donde el cuarto poder y el soberano como mandatario absoluto, ejerzan un acto gubernativo mucho más participativo, democrático y necesario, más no solo en favor del ciudadano; sino, en aquellos casos donde la labor administrativa ataque las raíces del funcionamiento estatal y los principios de su desempeño; pues, resulta quimera creer que la Contraloría puede poner orden en todos los lugares cuando además anuncia sus visitas y definitivamente porque como señala Frei Betto: “El poder, cualquier poder, solo puede ser controlado por otro poder”. Por ejemplo, ante quien acudir para denunciar la decisión provincial de prohibir a una entidad municipal difundir y promover la historia y cultura de su área de competencia empleando las TICs porque -según interpretación legal-, tal función le corresponde a otra organización; pero, como el ente censor no cuenta con el numerario para pagar el servicio a terceros, entonces se detiene la creación, se alienta la inmovilidad, crece la abulia, se arrincona el talento, se promueve la burocracia e incumplen directrices estratégicas como el Lineamiento 163 de la Política Económica y Social del Partido que estipula “Continuar fomentando la defensa de la identidad, la conservación del patrimonio cultural, la creación artística y literaria y la capacidad para apreciar el arte. Promover la lectura, enriquecer la vida cultural de la población y potenciar el trabajo comunitario como vías para satisfacer las necesidades espirituales y fortalecer los valores sociales”. Huelgan los comentarios; empero, aún puede hacerse uno como alerta: ¡Este es el comportamiento de los estados fallidos, se autoagreden!

Continuará…

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