De cómo se fomentó y evolucionó la plaza de la constitución.

Resumen: Viñeta sobre el parque Carlos Manuel de Céspedes, otrora Plaza de Recreo, Plaza de Armas o Plaza de la Constitución.


Por: Wilfredo Urbano Naranjo Ghautier +

Nuestro Parque de Céspedes, punto coincidente de toda la ciudad se originó como Plaza de la Constitución desde los albores de nuestra villa, cuando al hacerse el trazado a final del siglo XVIII se previó en esa área que algunos vecinos costearan su desmonte a cambio de que le adjudicaran los solares circundantes no ocupados por el Gobierno Colonial.

De las memorias que me dejara el fallecido nonagenario José Prats Ramírez les ofrezco esta Estampa que refleja cómo era dicha Plaza unos cien años después, es decir allá por el 1880 y tantos. Dice así:

Allá por esa época aproximadamente a mis cinco años de edad recuerdo haber visitado por primera vez la Plaza de la Constitución, hoy Parque de Céspedes.

Solamente alcancé a ver dos álamos frente a la esquina de la tienda de ropa “La Francia”, calle Real y Salas (hoy Martí y Maceo); tres frente a la Jefatura de Policía, calles Real e Isabel Segunda (hoy Martí y Masó); tres ruinosos frente a la Colonia Española (hoy Casa de la Cultura); y unos cuatro ya moribundos a lo largo de la calle Valcourt (Merchán).

El cuadro interior de la Plaza estaba cubierto con losetas isleñas o catalanas, formando cuatro canteros circundados por rejas de hierro de un metro de altura a aproximadamente, cuyas rejas fueron trasladas más tarde al Cementerio Viejo y colocadas formando una avenida central hasta el fondo.

Desde el pavimento de losetas hasta las calles que encuadran la Plaza, había un apisonado de tierra blanca endurecida.

En el tiempo de la lluvia crecía la hierba bien alta en la que solían pastar los caballos que andaban errantes; y cuando la cortaban servía de colchón para retozar los muchachos. En el tiempo de seca esa misma tierra blanca desprendía grandes polvaredas levantadas por el viento.

Más tarde fueron talados los feos y ruinosos álamos, siendo plantados los renombrados almendros en unas excavaciones de un metro cúbico de capacidad. Esos almendros crecieron muy frondosos, proporcionando sombra y belleza. Su abundante fruto era codiciado por la muchachería a la cual la policía le proporcionaba unas varas largas con un gancho en el extremo para que no les lanzaran piedras a los árboles.

Pero en el tiempo de la caída de las hojas afeaban mucho y mantenían el suelo de la Plaza con una avalancha de hojas llevadas por el viento de uno a otro extremo, lo que resultaba un inconveniente para los asistentes a la Plaza. Así perduraron los almendros durante algunos años, hasta que fueron talados y pavimentado ese gran espacio de tierra hasta las aceras exteriores que limitaban con las calles.

Las esfinges que engalanan los cuatro ángulos de la Plaza cada una de las cuales mira hacia uno de los cuatro puntos cardinales, fueron obsequiadas por Don Celestino Rovira en ocasión de uno de los últimos arreglos que se hicieron en tiempos de la Colonia Española.

El parque Carlos Manuel de Céspedes después de la poda en 2008.

Las cuatro farolas monumentales emplazadas en los cuatro jardines interiores, constituían una obra de artes de plantillería y fundición, logradas localmente por un sargento del regimiento Isabel la Católica. Inicialmente fueron instalas en los ángulos exteriores de la Plaza, en los lugares que actualmente ocupan los bustos de Merchán, Masó, Martí y Maceo. Estas farolas fueron construidas en los talleres de fundición de Don Avelino Fernández, denominado “El Fénix” y su inauguración tuvo lugar el 17 de mayo de 1896 fecha del aniversario del natalicio del Rey Don Alfonso XIII de Borbón, pronunciando el discurso inaugural el entonces Gobernador de la Ciudad Don Luis Otero Pimentel. Mas al surgimiento de la República, las farolas fueron desplazadas de sus asientos y casi abandonadas porque tienen los retratos de muchos personajes peninsulares y alegorías coloniales; pero posteriormente fueron vueltas a armar aunque en forma muy mermada en su belleza pues no ostentan los penachos que adornaban su parte superior.

En el centro de la Plaza de la Constitución (Parque de Céspedes) existía una fuente con una estatua de Neptuno; y un pozo fertilísimo cuyas aguas eran extraídas con cubos para regar las plantas  de los canteros y luego era cerrado con una tapa de madera y candado. Se utilizaba también para los casos de emergencia cercanos. En tal sentido de emergencia contra incendios también se utilizaba el gran pozo que, parigual al de la Plaza, está ubicado en la esquina de la calle Iglesia y San Pedro (José M. Gómez y Calixto garcía, esquina opuesta al actual Cine Rex).

Se decía que ambos pozos eran inagotables, puesto que las bombas contra incendios succionaban por muchas horas seguidas sin achicarlos.

El pozo de la esquina opuesta al Rex, mantiene hoy día su tapa cuadrada de concreto y no ha sido cegado, por lo que sería utilizable, pero el que estaba en el centro de la Plaza fue sellado para construir la Glorieta morisca, a cuya obra arquitectónica nos referiremos, como complemento en otra estampa.

Tomado de: Enciclopedia Manzanillo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *