Demajagua: Altar de la Patria

¿Por qué Demajagua es el Altar de la Patria cubana?


Por: Delio G. Orozco González.

Al antiguo ingenio Demajagua debían llegar los cubanos del mismo modo que llegó Martí ante la estatua de Bolívar: sin quitarse el polvo del camino o preguntar donde descansar o comer y ello por una razón, es Altar de la Patria, lugar de veneración a la idea de la libertad y la independencia, ora individual, ora colectiva, núcleo duro de la cultura cubana.

Cuando el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo declara la independencia de Cuba, aparece un parteaguas en la historia nacional de tales proporciones que resulta lícito parangonarlo con el año cero de Jerusalén; en tanto, amanecía una era y comenzaba a fenecer otra. Tal gesto otorga a Céspedes el título de Padre de la Patria, paternidad dada no solo por el sacrificio impar de inmolar un hijo en la hoguera de la guerra; sino, porque con y entre los manzanilleros partea una nación; así adquiere dicha paternidad y su vida, entregada por entero al destino que lo transfigura en bendito, nos lo devuelve convertido en Padre Fundador.

La refulgencia libertaria del 10 de octubre eclipsa otras aportaciones que hunden sus raíces en la esencia misma de lo cubano y legitiman la gracia de Altar de la Patria, dos instantes del segundo sábado de octubre de 1868 así lo confirman. Primero, cuando Céspedes emancipa sus esclavos está reconociendo de hecho el papel del negro en la conformación del etnos cubano y ahorrándole a la nación dolores y sufrimientos innecesarios; pues, a pesar de que 376 años de cepo y látigo no podían borrarse de un plumazo, el compartir la victoria o la muerte en una trinchera iguala blancos y negros  frente al rojo de la sangre vertida; ya lo diría Martí: “Subir montañas hermana hombres” y padecer, pelear, morir y vencer, a pesar de los prejuicios que recorrieron y  aún recorren la mente de algunos cubanos, aquel gesto -imitado por todos los amos de hombres que aquel día le compañaban-, hizo menos dolora la construcción nacional.

Otro hito, refrendado por la praxis histórica, acompaña el gesto de la proclamación de la independencia de Cuba y está vinculado al modo de alcanzarla; pues, al poner a los pies de la patria esclava, fortuna, comodidades, fama, vida muelle, su existencia y la de sus seres queridos, El Padrazo nos confirma que no hay gloria sin dolor, ni triunfo sin sacrificio. ¿Cuántos padres serían capaces de entregar a sus hijos en holocausto por el honor, el decoro y la felicidad ajena? Quiera Dios que nunca más, cubano alguno sea puesto en trance de tal magnitud y hoy, a la vuelta de siglo y medio, estremece la respuesta dada al infame militar que pretendía quebrar una voluntad hercúlea. José Martí, cuyo nombre es símil de Cuba, acotó: “Un hijo es el mejor premio que un hombre puede recibir sobre la tierra”; entonces, pongámonos un instante en la piel de aquel abogado y tratemos de entender el desgarramiento descomunal que lo trasvasó cuando tuvo que decidir entre salvar al hijo o hacer inútil el sacrificio que, en casi año y medio de guerra, había convertido los campos de Cuba en osario sagrado. La voz de Jehová detuvo el puñal de Abraham cuando este pretendía entregar a su hijo Isaac en sacrificio; nadie detuvo el pelotón de fusilamiento que asesinó a Oscar. He aquí pues, otra razón, para llegar a Demajagua del mismo modo que Martí ante Bolívar.

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