Manzanillo, fiesta, campana y propocisiones

Resumen: Sobre la necesidad de reglamentar el préstamo de la campana de la Demajagua. También celebrar con una festividad en Manzanillo el momento en que los cubanos comenzamos a ser hombres porque decidimos ser libres.

Por: Delio G. Orozco González.

Manzanillo.

Es el Manzanillo de Cuba sitio nodal en el decurso evolutivo de eso que se ha dado en llamar lo cubano, y aclárase tal pertenencia por dos razones fundamentales: a) la geografía universal reconoce varios lugares con tal gracia y se quiere dejar constancia firme e inequívoca de que nos referimos al sitio donde la segunda villa de Cuba (San Salvador) tuvo el primer asiento y Hatuey -cacique taíno y primer rebelde en la mayor de Las Antillas-, prefirió el suplicio de las brasas a la comodidad de un paraíso comprado con la abdicación de su libertad; también, al lugar donde los cubanos, con Carlos Manuel de Céspedes a la cabeza, comenzamos a ser hombres porque decidimos ser libres y b) la mayoría de los manzanilleros reclaman pertenecer a Cuba, no a Granma, entidad geo-administrativa que ha lesionado, congelado y dañado no solo su economía y arquitectura; sino, el espíritu público y ciudadano de sus gentes; en consecuencia, el crecimiento demográfico está estancado, los jóvenes emigran, el índice de envejecimiento aumenta, el desdén se enseñorea junto a un cansancio que parece marcar con hierro candente la frente de más de uno. Tales anomalías se conocen y lo más doloroso no es el estado de cosas denunciado y criticado; sino, la pasividad e indiferencia de las autoridades ante una solución evidente y fundamentada una y otra vez: la multiplicación de la provincia; y ello que Fidel Castro pidió a la Cuba en Revolución agradecimiento para Manzanillo; empero, Fidel está muerto, su testamento político -el Concepto de Revolución- donde señala «cambiar todo lo que debe ser cambiado», es ignorado olímpicamente en este caso; mientras los manzanilleros actuales somos el producto de una época flácida desde el punto de vista cívico, nada que ver con aquellos manzanilleros que acompañaron a Céspedes en Demajagua, a Masó en Bayate, a Martinillo y Paquito en las luchas obreras o a Celia en la clandestinidad. A pesar de lo antedicho, creo con Martí en la utilidad de la virtud, la verdad y en los oficios naturales del hombres: crear y transformar; por ello, más temprano que tarde, por una u otra vía, los manzanilleros volveremos a andar con gozo en el alma y los daños provocados por la DPA de 1976 no serán más que un borrón en nuestra historia. Hasta entonces, el cuerpo social que distingue nuestra entidad gregaria -enfermo y renqueante hoy-, seguirá dando pelea en sus mejores hijos porque como dijera Albert Einstein: nada hay más poderoso que la voluntad humana y nadie, ni siquiera la muerte, podrá acallar nuestra voz.

Fiesta.

A finales de 2014, Orlando Silverio, cantor holguinero a quien cúpole la honra de poner voz a la «Marcha de Manzanillo» -única pieza marcial hasta el momento conocida, compuesta por el Padrazo Carlos Manuel quien vivió en la ciudad 16 años y entre nosotros y con nosotros se convirtió en el Padre de la Patria- propuso, después de ver la forma en que se desaprovechaba el fontanar patriótico en lares manzanilleros, aprovechar las conmemoraciones del 24 de febrero o el 10 de octubre para desarrollar un grupo de acciones culturales tendientes al mejoramiento espiritual del corpus social; pues, si bien es cierto que sin pan no se vive, lo es también que solamente de pan no vive el hombre.

Planteada la idea a las autoridades políticas locales con el nombre de «Fiesta Patria» por el lapso de tiempo en que se verificaría (4 al 10 de octubre), resultó asumida y defendida por las estructuras de poder, especialmente el Primer Secretario del Partido quien decidió rebautizarla «Fiesta de los Inicios», cambio con el cual este autor estuvo de acuerdo porque de no ser por dicho inicio en Demajagua, no hubiera habido 20 de Octubre de 1868 (toma de Bayamo y hoy Día de la Cultura Cubana), tampoco 24 de febrero de 1895 (reinicio de las luchas por la independencia), 12 de agosto de 1933 (caída del dictador Gerardo Machado), 26 de Julio de 1953 (asalto a los cuarteles Moncada en Santiago de Cuba y Carlos M. de Céspedes en Bayamo) y hasta 1ro. de enero de 1959 porque como dijera Fidel Castro en 1968, en el mismo lugar donde la Patria rompió la crisálida, extendió sus alas y echó a volar como nación moderna en los predios de Clío: “[…] en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868 […] Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”. Desde afuera dirán: “¡Bah!, eso es retórica izquierdista”; desde dentro: “No hagan caso al pataleo de este, a fin de cuentas Fidel está muerto y los muertos no deciden. Nosotros mandamos y punto…” Perdónese la digresión y tomemos el hilo de la Historia, mejor, de la Fiesta.

Entre el 4 y el 10 de octubre del 2015 la Dirección de Cultura en el municipio con el visto bueno del Partido y el apoyo económico del Poder Popular preparó y desarrolló un grupo de actividades que, si bien no tuvieron el impacto deseado, si superaron la cantidad y calidad de actividades desarrolladas por las agónicas Semanas de la Cultura que se verificaban en el período precitado desde hacia más de dos décadas. Todos concordaron en que una semana, al ritmo propuesto, era muy difícil de sostener (no se olvide, somos un municipio de segundo orden); por eso se convino, para el próximo año, reducir el convite patriótico-cultural a cuatro jornadas: 7, 8, 9 y 10 de octubre, teniendo en cuenta además que una treintena de días atrás se realizaba en la ciudad la “Fiesta del Mar” y entre el 14 y 15 del mismo mes daba inicio la «Fiesta de la Cubanía» en Bayamo, evento cultural con 20 años de vida. Por supuesto, una Fiesta como la de los Inicios, con un fundamento histórico e ideológico imbatible realizada antes de la Cubanía, tuvo que caerle como un jarro de agua fría o saberle a competencia a las autoridades culturales de la “provincia”; por ello, fueron los primeros en sugerir la disminución temporal del encuentro, han seguido cuestionando su gracia y tomado decisiones para decretar su muerte.

Nadie piense que la celebración de la primera y hasta el momento única versión de la «Fiesta de los Inicios» discurrió sobre lecho de rosas. Muchos se opusieron al cambio de nombre y era de esperar, lo propuso la máxima autoridad del municipio y en toda época y lugar hay en el hombre una sana inclinación a la desobediencia; no obstante, a pesar de que muchos estuvieron en contra del nombre, ninguno se opuso a la realización de las actividades; los continuos diálogos, contactos con intelectuales, explicaciones en reuniones, entrevistas radiales y televisivas, terminaron convenciendo a los más reacios de la utilidad presente y futura de la festividad, sobre todo cuando se acordó, de manera colegiada, trasladar la Semana de la Cultura Manzanillera para los días de la fundación de la ciudad (11 de julio), decisión esta que permitiría potenciar una fecha de júbilo colectivo y abrir las actividades para celebrar el período estival de forma auténtica; o sea, resaltando aquello que distingue el etnos manzanillero y por tanto, ofreciendo vías para estimular sentimientos de identidad y auto-reconocimiento.

Sin embargo y a fuer de honestos, la no ejecución de la edición 2016 de la «Fiesta de los Inicios» fue responsabilidad absoluta del desorden económico entronizado en la Dirección Municipal de Cultura en Manzanillo, toda vez que, en flagrante violación de lo establecido, destinó sus dineros para pagar deudas atrasadas, a lo que se sumó el hecho de una deficiente planificación heredada por la actual regencia que debe pronunciarse de manera urgente para dar solución a un problema que grava, cual tortor asfixiante, el desempeño institucional del sistema de la cultura en el municipio.

¿Y la edición del 2017? El mutis festivo tuvo su causa en la negativa de la Dirección Provincial de Cultura en la Provincia Granma, al no aprobar su realización después que el Sectorial de Cultura en Manzanillo, como está establecido, la incluyó en el Plan de Eventos para el año en curso. Da coraje, mucho coraje, cuando el poder deviene egoísmo y niega y prohíbe, especialmente un evento con pivote en algo que es ara y no pedestal. Por decisiones como esta la rebeldía gana adeptos.

Al intento de menoscabar o eliminar toda acción que pueda restarle brillo a la «Fiesta de la Cubanía», en este caso específico la «Fiesta de los Inicios», se une el deseo de contar con la advocación de un símbolo que, de convertirse en cencerro de cualquier comparsa, le haría perder la carga histórica que lo legitima. Suscribo el apotegma martiano de que “todo lo que es, es símbolo”; por tanto, la bandera debemos lucirla en la frente, en la espalda, en el pecho, imprimirla en pegatinas para colocarla sobre la superficie de computadoras, autos, puertas y otros lugares que nos recuerde, al verla, de donde venimos y quienes somos. Los símbolos se respetan, se veneran, no se sacralizan y para asumirlos hay que tenerlos cerca; empero, hay símbolos únicos y tal condición los reviste de características propias.

Para celebrar en el 2016 la «Fiesta de la Cubanía», nuestros comprovincianos quisieron desmontar la Campana de la Demajagua para que esta presidiera el convite; sin embargo, argumentos de peso como la unicidad del símbolo y la magnitud de su convocatoria en 1868: libertad o muerte, no hacían aconsejable emplearla en tales encuentros. No es lo mismo la «Fiesta de la Cubanía», espacio en el cual, si bien se teoriza y habla de Patria, de esfuerzos épicos, de entrega y sacrificio, también se baila, toma ron y desborda algarabía porque ello también es “cubanía”; que las sesiones del IV Congreso del PCC celebrado en 1991, momento en que iniciaba el Período Especial y su presencia en el Teatro Heredia tuvo la función ideo-emotiva de llamar nuevamente al combate en forma de resistencia, o la Sesión Solemne de la Asamblea Nacional del Poder Popular celebrada en 1995 para rendir tributo a los fundadores y especialmente al Padre Espiritual de la Nación Cubana, José Martí; por tales presupuestos, sin duda inapelables, la campana de octubre se mantuvo en su lugar. Pero ahora, la cabeza del muro donde mora el bronce épico está vacío, y hacer una gala en el Museo y Monumento Nacional la Demajagua por el 149 Aniversario del Grito de Independencia sin su presencia es como un velorio sin muerto o una boda sin novios. Hubo lucidez y sentido común en el Ayuntamiento de Manzanillo cuando después del robo de la campana a finales de los años cuarenta, decidió prestarla para: “[…] todos los actos patrióticos que se celebrasen en la República, excluyendo el 10 de octubre […]” fecha en la que permanecería en el mismo lugar donde se convirtió en símbolo.

Campana.

La campana del otrora ingenio Demajagua fue fundida en Francia en 1859,  mide 59 cm de alto, 54 de ancho y pesa 204,5 libras. Cuando Céspedes compra el ingenio Demajagua a su hermano Francisco Javier no poseía el numerario suficiente para la transacción; por ello, acude a la Sociedad Venecia Rodríguez y Compañía quien le facilita el efectivo para el acto de compra venta, realizando al mismo tiempo hipoteca sobre la propiedad recién adquirida para garantizar el pago que, a la postre, no pudo satisfacer. Este hecho explica el por qué la campana fue a parar al antiguo ingenio Esperanza en el barrio El Caño, propiedad de la mencionada Venecia Rodríguez y Cía. Tiempo después, siendo el puertorriqueño Modesto Tirado Avilés alcalde de Manzanillo, la campana fue rescatada y depositada en el Ayuntamiento de la ciudad.

El símbolo sale por vez primera de la urbe en 1918, acompañada de un cuarteto de veteranos quienes la pasean por La Habana en recordación al 10 de octubre; incluso, creyendo que luciría más fúlgida y atrayente, alguien sugirió pintarla de aluminio… y la pintaron. Posteriormente, en 1929, un proyecto de Ley pretendió, a partir del argumento de que el bronce envolvía sentimientos y aspiraciones de libertad de todos los cubanos, colocarlo de manera definitiva en el Congreso de la República. Los manzanilleros se opusieron a tal pretensión señalando que su lugar estaría en un Parque Nacional donde se verificaron los acontecimientos a los cuales convocó su tañido, replicando además que la campana que en Filadelfia resonó la independencia americana estaba en el lugar de los acontecimientos y no en Washington donde residía el poder central. Y así llegó 1947 al calendario insular.

A finales de septiembre o principios de octubre llegó a Manzanillo Alejo Cossío del Pino, Secretario de Gobernación de Grau San Martín, a la sazón Presidente de la República. Su visita tenía como objeto solicitar al consistorio local el bronce sonoro y arguyó como justificante de la petición el rendirle tributo a un símbolo que encarnaba la grandeza patria en fecha tan significativa como el 10 de octubre. El alcalde, auténtico, simpatizó con el funcionario central; sin embargo, los consejales manzanilleros -algunos del mismo partido gobernante-, pero con decoro y poder real, se opusieron; en tanto, los manzanilleros estaban rebeldes por el incumplimiento del plan de obras públicas prometido por el gobierno; además, ya la habían prometido a los santiagueros y no podían dejar de lado tal promesa. Bajo estos argumentos, que no dudaron en hacer público, la campana fue hasta Santiago de Cuba el 10 de octubre de 1947 y resultó expuesta en el ayuntamiento santiaguero y en la Delegación de Veteranos de la propia ciudad. El Secretario de Gobernación, herido en su amor propio, se dedicó a escribir “alejadas” (así las calificó la prensa de la época), mientras la dirección de la FEU en la Universidad de La Habana olfateó una oportunidad inmejorable para arremeter contra un gobierno que incoherentemente proclamaba “La cubanidad es amor”.

Desde el 15 de octubre ya se sabía de la petición hecha por estudiantes del Alma Mater a la corporación manzanillera y la prensa, cumpliendo su cometido, lo reflejó. El día 1ro de noviembre llegaron a la ciudad dos estudiantes de la Facultad de Derecho: Fidel Castro y Leonel Sotto; quienes tenían la encomienda de llevar el bronce hasta La Habana. El viaje fue en tren y los acompañaron, desde la marinera ciudad, el soldado Manuel Berro Reyes (Presidente de la Delegación de Veteranos), el comandante Ramón Hernández Paz (Vice-Presidente de la misma Delegación de Veteranos), Hilda Nicolarde Rojas (Presidenta del Ayuntamiento), Juvencio Guerrero (consejal comunista) y César Montejo (consejal auténtico). La comitiva llegó a la capital el día 3 de noviembre y ese mismo día el símbolo fue entregado a la FEU, organización que había preparado un mitin para el 6 en horas de la tarde noche en la universidad, el cual se promocionó de la siguiente forma: “Gran acto en esta escalinata. Noviembre 6 a las 6.00 PM. Contra el desgobierno, por el rescate de la dignidad nacional”; después se supo que querían marchar con el símbolo en hombros y pedir la renuncia del Presidente de la República.

El gobierno, especialmente José Manuel Alemán, creador del BAGA (Binomio Alemán-Grau Alsina); quien no pudo disfrutar de la limpieza que la campana hubiera podido realizar a su persona (cumplía años el 9 de octubre) y resultó ser uno de los ladrones más efectivos de la historia republicana, urdió el robo de la campana, verificado en horas de la madrugada del día 6, de modo que el mitin de la escalinata se realizó sin su presencia. A partir de ese momento la secuencia de acontecimientos fue incontenible: denuncia del robo; pronunciamientos políticos; acusaciones -especialmente al gobierno-; aparición del símbolo en el portal de la casa del general Enrique Loynaz del Castillo, entrega de la reliquia a Grau por parte de este y proposición de que se quedara en La Habana; sesiones del Congreso donde se discutió ardientemente el tema con consenso mayoritario sobre su retorno a Manzanillo; huelgas, manifestaciones y mítines en la Ciudad del Golfo en favor del retorno del símbolo y plan de machete; propuestas de ley; etc, hasta que el 12 de noviembre, a las 4 de la tarde, llegó la campana a su hogar con la promesa por parte del gobierno, incumplida, de realizar un Parque Nacional en Demajagua para que definitivamente la campana tuviera reposo. Luego, el ayuntamiento legisló cual sería la norma para prestar la campana; empero, hasta el momento, no se tienen noticias de alguna otra salida de la ciudad, por lo menos hasta 1987, fecha en que fue llevada por la delegación de la provincia Granma al V Congreso de la UJC. Las otras dos salidas, 1991 y 1995, ya han sido referidas con anterioridad.

A inicios de octubre de 2017 se conoció por los medios de difusión que la reliquia presidiría los actos por el 70 Aniversario de la Universidad de Oriente y no nos pareció prudente; pues, el recinto universitario cuyo lema sonoro y atrayente es la condensación de un aforismo de Luz y Caballero: «Ciencia y Conciencia» cumple el mismo 10 octubre, fecha en la cual, desde 1968 y en su triángulo espadaño, la campana preside la recordación del momento sublime en que Céspedes nos lanza al monte y entre todos los que allí le acompañaban erige el Altar de la Patria, creando con su gesto un parteaguas fundacional que, a la usanza cristiana, divide dos eras: la de la esclavitud y la de la búsqueda de la libertad. Este diez de octubre en el Parque Nacional y Museo la Demajagua, sin campana, extraña lucirá la recordación.

Ahora bien, esta peculiar circunstancia obliga a preguntarse, ¿con qué argumentos se le negaría el bronce a la Universidad de La Habana -si la pidiesen para el venidero 2018-, fecha en la cual cumple 290 años de fundada y en sus aulas se hizo abogado el propio Fidel Castro?, ¿cuáles serían las razones para no prestarle a la Universidad Martha Abreu de Villa Clara el símbolo un 10 de octubre, si este plantel, creado por la Revolución, exhibe notables logros académicos?; ¿sería prudente que, al retornar de Santiago de Cuba, la campana hiciera una parada en Bayamo para, bajo su advocación, celebrar la «Fiesta de la Cubanía»?; creemos que no; y seguimos preguntando, ¿qué razonamientos se usarían para negar la protección del símbolo a otras fiestas como la Guantanamera, la Ibeoramericana, la Cucalambeana que también son expresión de ese sentimiento llamado cubanía, que no cubanidad? La solución está, creemos nosotros, en la decisión salomónica que tomó el ayuntamiento de Manzanillo después de los sucesos de 1947: prestar la campana a todos los cubanos que quieran celebrar actos patrióticos y solemnes en cualquier fecha menos el 10 de octubre; ese día, estará en el mismo lugar donde su tañer comenzó a engendrar una nación.

En la víspera de los acontecimientos, después que las dudas y rumores han calado y mortificado en virtud del silencio y la falta de información oportuna -costumbre que parece no queremos modificar-, se conoce por los medios oficiales que la reliquia broncínea será testigo de la alineación histórica que -cual alegoría astronómica en el firmamento realizan de cuando en cuando los astros-, se pretende hacer con los restos, en el cementerio de Santa Ifigenia, de Carlos M. de Céspedes, Mariana Grajales, José Martí y Fidel Castro. ¿Era preciso tanta discreción para hacer algo que en vida resultó cierto; o sea, una continuidad e influjo de una generación a otra?, ¿es que acaso Martí no llamó a Céspedes «Hombre de Mármol» y lo declaró bendito?, ¿es que acaso el más universal, trascendente y querido de los cubanos no vio en Mariana el conjunto moral de las madres cubanas?, ¿es que acaso Fidel Castro no proclamó guía espiritual de la revolución que encabezó a José Martí cuando lo llamó Autor Intelectual del asalto al cuartel Moncada y sus compañeros se reconocieron como la Generación del Centenario? De haber dado a conocer a la opinión pública lo que se pretendía hacer, se hubiera entendido el hecho de que, aprovechando la oportunidad de la estancia del símbolo en Santiago de Cuba, el alto centro de estudios oriental tuviera en su rectorado, presidiendo siete décadas de fructífera labor, una presencia que no solo la prestigiaría; sino, que en verdad merece por la obra realizada.

Desconoce el articulista el modo en que se dio la indicación de desmontar la campana, lo que si se sabe es que las autoridades culturales del municipio -el Parque Nacional y Museo la Demajagua legalmente pertenece al sistema de la cultura en Manzanillo- solo supieron de la indicación… y punto, ni un documento, ni una explicación clarificadora que después pudiera brindarse a la ciudadanía teniendo en cuenta que se generaría una situación poco común: por segunda ocasión, en medio siglo y desde su colocación en el muro que inicia la escultura monumentaria en revolución, la campana no presidiría la conmemoración del 10 de octubre. En medio de tanto secretismo, proceder que contradice lo enunciado en las tribunas, es muy difícil apostar por la institucionalidad o hacer que otros crean en ella.

Proposiciones.

“De nada vale llorar sobre la leche derramada”, reza un refrán popular, solo queda -si somos capaces-, aprender de la experiencia y superar los desaciertos con una acción práctica nacida de la previsión como acto de gobierno y ello, por una razón fundamental: el próximo 2018 se cumple el sesquicentenario del Grito de la Demajagua; también del bautismo de fuego del Ejército Libertador en Yara con la decisión inapelable de seguir la lucha a pesar del reducido número de hombres que en un momento dado se juntaron alrededor del Padrazo y la conversión de Bayamo en la primera ciudad redenta de Cuba. Estos acontecimientos hacen lícita la presencia de la campana en los actos de recordación que, cual levadura heroica y movilización patria, debieran realizarse en esos lugares los días 10, 11 y 20 de octubre.

En el caso específico de Manzanillo, es oportunidad inmejorable para dejar establecida de forma definitiva en el sistema de eventos la «Fiesta de los Inicios», toda vez que su nombre alude al núcleo duro de la cultura cubana: la lucha constante de la libertad y la independencia, ora individual ora colectiva.

También es preciso planificar y destinar recursos materiales y financieros para intervenir en el museo y sus alrededores, especialmente mejorando las condiciones de vida de la comunidad aledaña, trasladando hacia otra locación -reto digno de la conmemoración- la cárcel que está a la entrada del monumento, pavimentar y alumbrar la carretera que da acceso al lugar, ampliar y crear un verdadero parqueo, disponer -en las afueras de la instalación-, las condiciones para que cubanos y extranjeros lleven consigo, después de la visita al lugar, recuerdos de su estancia y puedan, mientras estén allí, beber agua y hasta guarapo. No se olvide, el hoy Altar de la Patria fue, antes de tal divina condición, un ingenio azucarero.

Finalmente, lo acontecido y lo porvenir demanda, si en verdad desease dar cuerpo real y funcionamiento orgánico al sistema de instituciones de la República, aprovechar la ocasión para, teniendo como base la experiencia, legislar definitivamente sobre las condiciones para el préstamo y uso de la Campana de la Demajagua.

Manzanillo de Cuba, 10 de octubre de 2017.

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