Carlos Manuel de Céspedes, la Sociedad Filarmónica y el teatro Manzanillo.

Interior del Teatro Manzanillo en el siglo XXResumen: Análisis de la relación de Carlos Manuel de Céspedes con el teatro Manzanillo y el papel jugado por el Padrazo en la génesis del coliseo manzanillero.

Por: Delio G. Orozco González.

Bien pudo haber sido domingo 27 de mayo; o tal vez, 3 ó 10 de junio de 1852, cuando el Arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, en horas de la mañana, otorgó el sacramento de la confirmación y luego anotó en el libro destinado al efecto con los números de orden 174 y 175, el nombre de los hermanos Carlos Manuel y Oscar Céspedes y Céspedes; quienes de seguro -el primero tenía 12 años y el segundo 8-, asistían en compañía de sus progenitores a la iglesia(1). De esta forma y para la fecha, queda verificada la residencia de la familia Céspedes-Céspedes en Manzanillo, después que el cabeza de familia sufriera prisión y destierro por su díscola actitud frente a las autoridades españolas.

Para septiembre del año anterior; o sea, 1851, en la Villa y Puerto Real de Manzanillo, había quedado fundada y establecida la Sociedad Filarmónica, asociación esta que heredó “[…] todos los muebles y enseres que pertenecieron a la antigua sociedad y que ha adquirido por traspaso la presente […]”(2), teniendo la misma, como objeto primario, propiciar el divertimento y solaz de los villanos. La sociedad contaba en sus inicios con la contribución mensual de los socios y el arrendamiento de la cantina, aportación esta última que dejó de ser consignada en el libro de la tesorería a partir de marzo de 1854. Entre sus actividades consuetudinarias estaban los bailes que con frecuencia mensual, juntaban la flor y nata de la sociedad manzanillera de la época, la cual, animada por una orquesta, bailaba hasta que terminaba -en horas de la madrugada-, la velada. Fue justamente esta institución, el espacio desde donde Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo se insertó, de manera indeleble en la cultura manzanillera, y, de modo señalado, en la teatral; para ello, sin embargo, debió primero brotar de las entrañas filarmónicas ese anfitrión cultural sin par que fue el Teatro Manzanillo; ente vital de la ciudad al cual se vincularía, incluso antes de su inauguración y de manera singularísima, aquel que un día decidió echarse un pueblo a cuestas.

Cuando en la tarde noche del día 8 de agosto de 1852, más de medio centenar de distinguidos varones manzanilleros reuniéronse en los salones de la ya mencionada Filarmónica, principiaba el proyecto del Teatro Manzanillo; en tanto, la sociedad anónima surgida de esta reunión tenía como objeto “[…] construir un teatro por medio de acciones de cincuenta pesos cada una, a fin de que reintegrado el importe de las mismas en el orden que proponga la comisión que al efecto se elija quedase como propiedad del Hospital de Caridad de la Villa […]”(3). En octubre del mismo año, se designó para emplazamiento del teatro “[…] el solar perteneciente a Don Juan Bautista Mendieta, y parte de otro contiguo de Don Jayme Marty situados en la calle Santa Ana, esquina a la de Salas, acordando que se procediera desde luego a la construcción del edificio […]”(4); mas, como el importe de las acciones emitidas que eran noventa y seis tres cuartos, ascendentes a cuatro mil ochocientos treinta y siete pesos con cincuenta centavos no resultaron suficientes, la Junta Directiva de la construcción del coliseo viose en la necesidad de levantar sucesivos empréstitos durante los años de 1853, 1854 y 1855, hasta que en esta última fecha, hallándose ya terminado el teatro, a excepción de algunos trabajos finales, lo entregó a una comisión de cinco personas con el encargo de “[…] formar un reglamento para la constitución y régimen definitivo de la sociedad”(5); incluso -la carencia pecuniaria obligaba a ello-, de los fondos mensuales de la Filarmónica se trasladaron cantidades para dar culminación a la instalación que desde un inicio llevó por nombre, y a diferencia de la mayoría de sus homólogos, la gracia de la ciudad que lo vio nacer en ella y de ella: Teatro Manzanillo.

Es 1856, el año de las primeras evidencias documentales que vinculan a Céspedes con la Filarmónica y su ejemplar creación: el teatro. Este mantenerse al margen durante casi cuatro años, tal vez podría explicarse porque, en primer lugar y ello no debe olvidarse, fue un incidente en la Filarmónica bayamesa, el pretexto utilizado por las autoridades españolas para encarcelarlo y apartarlo de la tierra de sus natales, quizás por ello y después de tal experiencia, desearía ahora un poco de sosiego; tampoco puede resultar despreciable el hecho, de que su llegada a Manzanillo se produce en los momentos postformativos de la sociedad y Céspedes, aún no gozaba en la ciudad de la ascendencia que lo orlaría la víspera del ´68; como colofón, su última prisión en Santiago de Cuba durante 1855, pudo haber tenido en él un doble efecto; pues, si por un lado le convenció que alejarse de la vida social no evitaría -no lo había evitado-, detenciones y prisiones, por el otro, avivó su numen artístico; el cual, corporeizado en Manzanillo a través de magnífica catarsis por el arte, hace posible repetir la sentencia del poeta: “Bendita la tierra donde los guerreros son poetas y los aedas duermen con el fusil al hombro”.

Las aptitudes y carácter de Céspedes condicionan su triunfal incorporación a la Filarmónica. Si el 1ro. de abril, en el libro de contabilidad se recoge el ingreso de 8.50 por contribución de los señores Butter y Céspedes(6), el 25 del mes siguiente lo vemos formando parte de importante comisión. Para esta fecha, el director convocó una junta extraordinaria con el objeto de investigar el descontento de algunos miembros y desánimo con que se acogen las funciones preparadas por la sociedad; cuya inminente disolución contemplaba inevitable el Teniente Gobernador de no tomarse medidas urgentes. La tesis de la dirección estribó en que la reforma del reglamento “[…] podría conducir a la reanimación y progreso de la sociedad […] pues que la opinión de muchos socios le atribuye la causa de decadencia por los estrechos límites a que la reduce el espíritu de los artículos que sirvieron de base a la institución, muy grande y recomendable, muy filantrópica en su origen, pero a que no es posible hoy atender, si se quiere sostener la Sociedad Filarmónica […]”(7); después de esta intervención y escuchados otros pareceres, “[…] resultó adoptado por unanimidad la total reforma del reglamento, quedando elegidos por mayoría de votos para llevarla a cabo los señores D. Carlos M. De Céspedes, D. Juan Butter y D. Joaquín Muñoz […]”(8). Significativa resulta la selección de Céspedes; empero, no debe causar extrañeza que después de examinado el reglamento por el Gobernador Provincial, este, y de manera señalada, sugiriera dos modificaciones, siendo la más llamativa la adición al artículo 31: “[…] y será siempre en cualquier caso obligación de la Junta Directiva cuidar mancomunada e individualmente de que en la Sociedad no se lean periódicos, folletos, libros ni ningún otro escrito que tienda a subvertir el orden público y ofender la religión y buena moral […]”(9); sin duda alguna, la presencia de tan conspicuo “desafecto” obligaba a tomar medidas cautelares. Al trío en cuestión se le encomendó asimismo, invitaran a todas las personas de la población que no estando suscritas lo hicieran para contribuir al auge de la sociedad.

No había transcurrido todavía un mes, cuando el 17 de junio de 1856, la directiva citó a Junta Extraordinaria con el objeto de dejar establecida la Sección de Declamación de la sociedad, precepto este establecido en el artículo 32 del Reglamento. Resulta una verdadera pena no contar con el antes mencionado reglamento; pues, en el supuesto caso de haber sido uno de los artículos reformados, ello demostraría la comprensión de Céspedes de contar con un mecanismo que diera vida artística al recién levantado teatro; no obstante, el hecho de resultar el bayamés nombrado ese mismo día director de escena y encargado de formar el reglamento especial del ramo, hablan a favor de dicha hipótesis(10). Ese mismo día también, Céspedes resultó electo junto a tres integrantes más de la sociedad, miembro de una comisión cuyo objeto sería invitar a los hombres a contribuir al buen funcionamiento de la sección creada.

Con seriedad y prontitud asumió Céspedes su nombramiento como Director de Escena; por cuanto, la función de estreno se verificó el 14 de septiembre de 1856 y ya desde julio, el abogado y ahora animador de cultura, había trasuntado de su puño y letra los papeles de la comedia El arte de hacer fortuna, pieza con la cual se inaugura la vida útil del teatro después de 16 ensayos(11). Resulta muy probable -aunque hasta el momento no hay pruebas definitivas-, haya sido Céspedes también el director de las otras tres puestas en escena que ocuparon la temporada hasta finales de año; en tanto, las mismas estuvieron a cargo de la Sección de Declamación de la Sociedad Filarmónica; Su amor o la muerte y Un bobo del día, fueron exhibidas el 28 de octubre, mientras que Huérfanas de Bruselas, el 18 de noviembre, resultando el ingreso de todas, excepto el de esta última, destinado a la construcción del cementerio.(12)

La pentarquía encargada de redactar el Reglamento del Teatro Manzanillo cumplió su cometido, y, con fecha 30 de marzo del 56´, el mismo fue elevado a la autoridad provincial; mas, como al Gobernador le pareció necesario reformar también este reglamento, devolvió el documento a los remitentes. Para cumplimentar la reforma, la Directiva elige, con fecha ocho de septiembre, una comisión compuesta por los licenciados Carlos M. de Céspedes, José de Jesús Mariño Botello y a Don José L. Ramírez(13); por supuesto, el haber Céspedes redactado junto a Butter el reglamento de la Filarmónica y quedado la directiva de esta complacida con el trabajo, fue razón de peso para que en él recayera nuevamente el nombramiento; además, para esta fecha, el Director de Escena trabajaba con ahínco en la preparación del debut del teatro y ello le permitía penetrarse del espíritu reinante y necesario para la modificación, amén de la pericia que como abogado poseía. El trabajo quedó terminado el 3 de marzo de 1857; y parece ser fue Céspedes quien más trabajó en la reelaboración, por cuanto la primera firma estampada al pie del reglamento es la de él. Discutida amplia y suficientemente la nueva versión, esta quedó aprobada en junta general del 15 de marzo de 1857 y protocolizada ante el notario Nicolás Salas, el 10 de febrero de 1858.(14)

Con la creación del Teatro Manzanillo se repite la historia del escorpión: el hijo devora la madre. Si bien es cierto que desde antes de la inauguración del coliseo, la Filarmónica presentaba debilidades estructurales que hacían peligrar su existencia, con la feliz eclosión del teatro se dio el golpe de gracia a su permanencia; eso sin contar los problemas financieros que vinieron a constituir el núcleo duro de la disolución. La impracticabilidad de subir la cuota mensual a los socios y el abandono que estos hicieron de su afiliación, desembocó en la imposibilidad de hacer frente a las obligaciones financieras; por ello, el 13 de junio de 1858, en reunión celebrada en los salones de la Filarmónica, los allí presentes acordaron celebrar una Junta General el 4 de julio “[…] con el objeto de discutir si deberá realizarse la disolución de la Sociedad, según los términos que expresa el reglamento”(15); y parece que así fue, pues aquí terminan las anotaciones en el Libro de Actas y el de Contabilidad de la Sociedad Filarmónica de Manzanillo.

Carlos M. de Céspedes, por su parte, hizo lo que la mayoría; asistir con asiduidad al teatro, donde no había que pagar cuota fija y lo visto y disfrutado tenía mucho más ángel que los tradicionales bailes o tertulias, un tanto insípidas, efectuadas en el salón filarmónico; aunque, dinero no le faltaba para pagar de forma permanente un asiento en el teatro. De este acontecer queda singular memoria.

Corría el año 1867 y debutaba en el coliseo manzanillero la compañía de los Robreños,

[…] ni una sola localidad estaba ya disponible cuando a Don Joaquín (Director de la Compañía), que conversaba con el taquillero del teatro, le llamó la atención una voz estentórea que salía del otro lado del vestíbulo. Movido por la curiosidad, volvió la cabeza y vio a un hombre de unos cincuenta años, de baja estatura, pero de complexión atlética, pulcramente vestido, el cual, agitando los brazos, llevaba su dedo índice a la altura de las fosas nasales del individuo que tenía enfrente, al tiempo que decía:

-¡Quién osa vender el palco de Carlos Manuel de Céspedes!

Extrañado de la actitud del criollo ante un español empresario y seguramente influyente en el gobierno colonial, Don Joaquín indagó quién era aquel sujeto.

Sobrecogido y en voz baja, su interlocutor le respondió:

-Es el licenciado Céspedes. Está abonado a un palco.(16)

Citas y Notas.

1.-A.P.M. Libro No. 2 de Confirmaciones, folio 6, asientos 174 y 175. (Esta información la agradezco a Gabriel Espinosa Escala, quien tuvo la gentileza de brindármela).

2.-A.H.M. Carpeta 195. Libro de Actas de la Sociedad Filarmónica, folio 2 vuelto.

3.-Fondo: Protocolos Notariales. Notario: Nicolás Salas. Año 1858. Escritura 5, folio 20 vuelto.

4.-Idem.

5.-Idem.

6.-A.H.M. Carpeta 195. Libro de Tesorería de la Sociedad Filarmónica.

7.-_______________. Libro de Actas de la Sociedad Filarmónica, folio 15.

8.-Ibid., folio 15 vuelto.

9.-A.H.M. Carpeta 195. Comunicación cursada por el Gobernador Comandante General del Departamento, el 8 de marzo de 1858, folio 1 vuelto.

10.-______________. Libro de Actas de la Sociedad Filarmónica, folios 16 y 17 vuelto.

11.-Por la faena de copiar la comedia, Carlos M. de Céspedes recibió 8 pesos y 50 centavos.

12.-A.H.M. Carpeta 195. Libro de Actas de la Sociedad Filarmónica, folio 18 vuelto.

13.-Loc. Cit 3.

14.-Idem.

15.-A.H.M. Carpeta 195. Libro de Actas de la Sociedad Filarmónica, folio 23 vuelto.

16.-Robreño, Eduardo. Como me lo contaron, te lo cuento. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 13 y 14.

Tomado de: Enciclopedia Manzanillo.

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