Ensayo organístico

Resumen: Un cuento breve y una décima al señor de la música molida.

―Aquí nadie ve lo que estoy moliendo ―dijo el órgano de Don Pancho Borbolla. El sabor de un género musical cubano se expandía, mientras una pareja de viejos se repellaba hasta el final de la pieza. ―Yo soy de la familia Fornaris ―expresó el que tocaba los tímpanis. Alguien marcaba la clave cubana con la suela del zapato y un borracho babeaba: ―Esto es sabrosura y tradición.

El cartón calado, organizaba la música. ―Que suenen las claves, el güiro y la tumbadora que yo muelo El jorocón ―señaló El Aparecido, uno de los aparatos de hacer música molida. Presentes estaban la representación aparatosa del central de la dulzura, sus compañeros del maíz y el director del que hace polvo el aromático de la Sierra.

El Pancho Solo fue el lugar de la cita. Allí se bailó El cocalito, El barrilito, La palanca y El gozón. ―¿Para qué ponen esa música tan vieja que a nadie le gusta? ―reprochó el reguetón. La caja de música mantuvo su serenidad ante el antitradicionalista, pero ripostó: ―Oiga compay pobretón, ―yo llegué hace muchos años a esta tierra caliente, ―todavía tengo sangre de mambí y aún hago bailar a mucha gente.

Homenaje

Cubano y patriota digno
fue el Señor Carlo Borbolla
no era pintor como Goya
pero su música es himno.
Su legado es todo un signo
que revela con grandeza
lo genuino de una pieza
de título, El jorocón
que enuncia lo brabucón
cuando el órgano comienza.